El Perro Branko

Lo tuve desde muy chiquito, lo vi crecer, le enseñé a jugar, a morder despacito. Era enorme hasta de cachorro. Un terranova de esos que parecen gorilas. Lo dejé de ver cuando tenía poco más de dos años y no lo vi por otros tres.

Hace unos días lo volví a ver. Mismo ladrido, sigue mordiendo igual, jugando igual, durmiendo igual. Está más enorme pero sigue siendo el mismo que aprendió a jugar los juegos que inventábamos mientras nos conocíamos.

Yo no estoy igual. Y no sé si es bueno. Él recordaba todo lo que yo creía olvidado. Y me lo dijo, a su forma. Me explicó todo de nuevo, desde cero, como si ahora el cachorro fuera yo.

El día que se fue anduve un poco triste. Tuvo que venir un perro a recordarme que lo simple es, siempre, lo que uno más extraña. El fin de semana estuve a puro Sabina y creo que tal vez entendí el «si aprendiéramos a amar como animales». Siempre le había dado una connotación algo sexual. Tuvo que venir un perro y explicarme a Sabina.

Yo le escribo aunque él no lea.