Un mar de fueguitos

Freemen on the land (hombres libres en la tierra) es un grupo de personas que creen en la libertad de los individuos por sobre cualquier otra cosa. Con base en Inglaterra, Irlanda, Canadá, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, se consideran fuera de cualquier ley porque entienden que las leyes son contratos establecidos sin aceptación previa de una de las partes. Tienen una página web donde explican sus fundamentos: www.fmotl.com

Básicamente dicen que cuando el estado otorga una partida de nacimiento te obliga a cumplir una serie de normas y que esas normas las debes cumplir porque existe ese documento que te avala como persona. Dicen además que no hace falta más ley que las «naturales»: no hacerle daño a otros individuos, no dañar la propiedad de otros individuos y no cometer fraudes.

Más allá de estar en contra o a favor de este tipo de movimiento, cuando me lo contaron, me quedó dando vueltas el concepto de existir como persona porque hay un documento que dice que soy una persona. Y pensaba en la catastrófica situación de no tener ese documento y querer hacer algo en una sociedad moderna. Técnicamente hasta no demostrar que uno es una persona, no puede hacer nada. Ni tener un documento, ni trabajar, ni comprar comida, ni viajar. Nada.

O sea que uno nace siendo una persona, pero si no hay un documento formal que dice que lo somos, en realidad no hay forma de demostrar que somos lo que somos. Esto que parece un juego de palabras no es más que la realidad que vivimos todos los que a este mundo venimos. Uno nace donde nace y porque nace donde nace, es lo que es.

Venimos sin saber quienes somos, sin tener conciencia de nuestra propia existencia y nos enseñan lo que se puede, lo que no se puede, nos dan un idioma, una cultura, nos muestran lo que tenemos que amar y odiar. Nos dan el gusto por algunas cosas y nos dan el bien, el mal, en si, el no, el porque si y el porque no. Nos configuran como humanos.

Eduardo Galeano escribió en su genial Libro de los abrazos

«Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. – El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.»

Me gusta más esa idea.