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Una nota sobre la mesa

Hacía unos meses que Florencia iba al café dónde Javier trabajaba como encargado: lugar de poca gente, mucha charla y demasiado vino. El se pasaba las tardes sentado junto a los clientes, discutían de política y de cómo todo se había complicado desde que al mundo lo pensaron sólo para algunos.Francisco pasaba horas sentado a la mesa que daba contra la ventana y sin descanso escribía la poesía que después intentaba vender a los clientes. Desde hacía un tiempo, Javier le mostraba al viejo los poemas que él mismo escribía, y mientras tomaban café, ambos recitaban a su poeta favorito. Florencia era profesora en la facultad que quedaba a la vuelta. Después de clase solía pasar a tomar un café bien fuerte y con poco azúcar. Javier nunca le había prestado mucha atención, pero aquella tarde la escuchó hablar con el viejo poeta y pensó en acercarse a la mesa. ¿Cómo le va Francisco? Cada vez mejor acompañado… dijo Javier mientras le daba la mano al viejo. Ella es Florencia, da clases en la facultad de Sociología, dijo el viejo y le hizo un guiño a la chica. ¿Hace mucho que das clases? preguntó Javier. No, dijo ella y encendió un cigarrillo. Otro vinito Javier, pidió uno de los viejos que jugaba al truco en la mesa del fondo. Ellos continuaron la conversación: Florencia contaba al viejo del viaje a Bolivia que había hecho hacía dos años con una amiga del colegio. Cuando el relato finalizó permanecieron en silencio: ella pensaba en todo lo que había por hacer y el viejo añoraba tener cuarenta años menos para volver a intentarlo. Florencia recordó la noche anterior, cuando después de haberse acostado con Martín, sintió ganas de apagar el mundo. El era un aplicado estudiante de derecho con el que solía pasar el tiempo. El cuerpo de Martín desnudo sobre las sábanas, su pierna sobre la de ella, la respiración acelerada y la sonrisa inevitable: odioso. Ellos quedaron en silencio, la cama también. Afuera amanecía. Martín la miró y pensó que si las cosas seguían así, en unos meses podrían irse a vivir juntos. Florencia miraba el techo y pensaba en la forma más simple de pedirle que le devolviese la llave de su casa. Ella se levantó con la excusa de corregir unos parciales y él entendió sin pedir explicaciones. Sin dejar de mirar hacia la calle, el viejo dijo: una vez leí que recordar es volver a pasar por el corazón. Sí, dijo Florencia aunque no lo había escuchado. Es difícil andar con tantos recuerdos y tan poco que contar, ¿usted cuenta sus recuerdos? preguntó Francisco. Sólo en los meses pares, dijo Florencia y apagó el cigarrillo. Qué pena que estemos en Agosto, dijo el viejo con una sonrisa cómplice. ¿Otro cafecito para despertar a la dama? dijo Javier mientras levantaba la lapicera que Florencia buscaba entre sus cuadernos. Yo no, gracias dijo ella y tomó la lapicera. Es un avance, dejamos los monosílabos para dar lugar a construcciones gramaticales un poco más complejas, dijo Javier y se sentó a la mesa. ¿Perdón? dijo Florencia, pero no pudo evitar la sonrisa. Mi joven amigo es un gran poeta, dijo el viejo en voz baja. Qué suerte la mía, estar entre dos grandes de la poesía, dijo Florencia y por primera vez miró a Javier a los ojos. No tan grandes señorita, hacemos lo que podemos… dijo Javier y encendió un cigarrillo. Perro de mi, me arrojo de comer olas de oro, cristales, esmeraldas humanas… comenzó a recitar el viejo. Florencia sonrió y dijo: parece que la mano viene seria. La poesía es cosa seria señorita, dijo Javier y continuó: …las ciudades que tiemblan más allá de estos límites estallan como el fósforo en los mares nocturnos… Dos poetas recitan para mi, esto no pasa todos los días, dijo Florencia y encendió otro cigarrillo. La voz ronca de Don Horacio se escuchó desde la mesa del fondo: otro vinito Javier. Enseguida vuelvo dijo Javier y dejó el cigarrillo encendido en el cenicero. Francisco puso cinco pesos sobre la mesa, tomó su abrigo y dijo: es tarde y a estos huesos de poeta ya no les gusta el frío… ¿Hoy se va temprano, Francisco? preguntó Javier desde la barra. Muchachito, a mi edad el tiempo lo marcan los dolores, dijo el viejo y saludó a Florencia con un beso en la mejilla. Caminó hacia la puerta, le dio la mano a Javier y dijo: …rostros de amor más grandes que este amor, eléctricos se encienden se apagan adelante… Se acomodó el sombrero y salió a la calle. Javier volvió a la mesa de Florencia, se sentó en el lugar del viejo, tomó el cigarrillo y continuó: …los navegantes de la sombra hemos crecido hasta mil años de ganas de vivir… Florencia lo miró y dijo: …moriremos pequeños y paciencia, apenas aprendices del amor. Se miraron en silencio algunos segundos. Javier apagó el cigarrillo y encendió otro. A ella le gustó la forma en que puso las manos para tomar el encendedor, cómo inclinó la cabeza y lo serio de su expresión detrás de la nube de humo. Martín no fuma, pensó. No sabía que te gustaba la poesía, dijo Javier y apoyó los codos sobre la mesa. Ni yo que supieras una completa, dijo Florencia con un gesto de burla. Alguien me toma el vino, dijo uno de los viejos del fondo y levantó la botella vacía. No te vayas dijo Javier y ella sonrió y bajo la mirada. Varios pedidos de otras mesas hicieron que Javier se demorara más de lo que hubiera deseado. Florencia abrió uno de los cuadernos y comenzó a leer. El la miró desde la barra: la mano sostenía la frente, el codo en la mesa, apenas algún movimiento de los labios. La concentración es un estado de seducción fascinante, pensó Javier. Florencia cerró el cuaderno y miró el reloj: se había hecho tarde y tenía que volver a la facultad. Dejó una nota sobre la mesa y se fue sin hacer ruido. Javier alcanzó a ver el movimiento de la puerta y se acercó a la mesa. Leyó la nota, la guardó en el bolsillo y sonrió. ¿Otro vinito Don Horacio? la casa invita.

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