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Al revés las cosas cambian

Esa mañana todo fue lento. Le costó levantarse. Se duchó sin demasiadas ganas. Tomó algunos mates. En el silencio, la memoria detenida en cada punto donde la mirada se perdía en el tono grisáceo. Buenos Aires, pensó, nada cambia. De pie y frente a una ventana, como hace tantos años, pero ahora sin quererlo, repasó la lista de los detalles que no debía olvidar. Cerró la llave de gas y esto es lo último, dijo con cierta nostalgia y estirando la o en algo parecido a un suspiro sin intención. Manejó en silencio, por respeto tal vez, por no distraer el recuerdo. Los carteles de la ruta cinco que antes le generaban esa ansiedad del que vuelve de visita, ahora apenas le sugerían que faltaban pocos kilómetros.

Vio la rotonda de la entrada y el último cartel que en los tiempos de venir en colectivo le marcaban el momento en donde debía ponerse de pie. Mantener el mismo diálogo cordial con el chofer, esperar unos segundos y bajar. Sentir el frío en cada hueso y oler el pasto siempre mojado del costado de la ruta. La Resistencia, dos kilómetros, decía apenas ponía los pies en el asfalto de la calle principal. Después era solo caminar con el bolso al hombro, saludar a los que todavía conservaban su recuerdo y llegar a la que había sido su casa donde, sin excepción y no respetando horarios, su madre lo esperaba con el plato de galletas en la mano y una tristeza imposible de medir. Tu papá está en el fondo, andá a saludar. La puerta del patio y la sombra de un cuerpo inmóvil que sonríe a la distancia.

Dejó el auto al costado de la ruta, cerca del círculo de tierra que señalaba la parada del colectivo y donde nunca crecía el pasto, por los que se van, pensó, no por los que vuelven. Quiso caminar las mismas cuadras de hace años sin entender el motivo. Era temprano pero no lo suficiente. Difícil no detener la vista en cualquier sitio y asociar recuerdos tan concretos como los que marcaban sus pasos. Había silencio en cada esquina y un sonido inconfundible. Siempre extrañó el silencio del ruido del campo. Buenos días Manuel, dijo una voz vieja de un hombre que con notable dificultad caminaba despacio. Buenos días Don Jorge, dijo la voz cansada de un joven que ya no lo era tanto. Se dieron la mano y en la nostalgia ninguno dijo nada.

El color del otoño en todas las veredas, las mismas casas de la infancia con la misma marca del tiempo que a él le habían puesto años en la cara. Los viejos envejecen al ritmo de sus cosas, pensó. También pensó que la gente envejece cuando decide que ya no vale la pena seguir. Sentirse cómodo en un lugar es mentira, lo que los viejos quieren no es vivir cómodos, es morirse cómodos. Pasó por la puerta del almacén y vio cajones de verdura sobre el suelo mojado, las rejas de un antiguo color verde ahora llevadas al óxido por el paso del tiempo que también había rotos algunas baldosas y borroneado las letras de los carteles. Su memoria siempre había sido como esos carteles, los años le distorsionaban algunos detalles pero siempre que volvía lo esperaba intacta, como si a pesar de los huecos fuera posible comprender.

Cuando llegó a la esquina de San Martín y Córdoba el aroma a madera todavía verde le detuvo los pasos. Respiró ese aire denso de humedad y memoria y notó que sus labios se habían movido hacia una leve y apenas identificable sonrisa. Era el buen recuerdo de las tardes con Don Raúl, entre mate, serrucho y de todo por aprender. Manuel había trabajado en la carpintería algunos meses. Siempre hay madera que cortar, decía el viejo cuando no había nada que hacer. Hoy piensa que tal vez había mejores cosas que hacer, pero cómo juzgarlo.

Media cuadra, pensó. El sonido de unos pasos en la vereda todavía con rocío era lo poco que acompañaban los últimos metros de dudas. Una vez dentro todo sería mas real, más concreto y, en especial, más inolvidable. Recordó a su madre en la puerta, aroma a galleta mezclado con eucalipto, la reja del garaje, ladridos de alguno de los perros, el viejo rastrojero en la calle y la sensación de estar en un mundo que ya no le pertenecía, después el teléfono a unos cuantos kilómetros de la realidad, la voz destrozada de un tío que apenas recordaba diciéndole que la vida es una mierda y que la puta que lo parió, que siempre son los buenos y que él ahora está solo y que el campo y qué vamos a hacer con las cosas y Manuel otra vez en el pasado y tan sólo dice lo que dice con palabras a medias.

Se detuvo frente a la puerta y pensó si antes hubiera hecho falta la llave que ahora sacaba del bolsillo en un acto para nada reflejo. Dos vueltas y por primera vez algo nuevo. Miró hacia atrás y luego dio un paso adelante, qué boludo, dijo y el sonido de su voz recorrió los ambientes. Una luz amarilla le confirmaba que todo seguía en el lugar de siempre, ni ésto se animaron a cambiar, pensó. El sonido del teléfono lo alejó del pasado y por un momento pensó en atender.

Su viejo cuarto conservaba cada detalle, las fotos, los cuadros, el mismo aroma a madera y los dibujos en la ventana. Dos tazas de té en la mesa de la cocina y una panera con algunas tostadas, migas y dos servilletas sucias. Todo parecía detenido en el tiempo y, de alguna manera, él no era más que otro objeto inmóvil en ese tiempo alejado de su propio mundo. No es mi casa, pensó, pero lo fue. Con una suavidad apenas creíble, pasó la yema de los dedos por el filo de la mesada y se detuvo al llegar a la pequeña ventana que daba al patio. Todo estaba reducido, achicado por los años, es la perspectiva dijo a modo de consuelo y se sintió cansado.

El teléfono volvió a sonar y esta vez decidió atender. Vi el coche en la ruta y supuse que estabas en la casa. Vine a buscar unos papeles. ¿Te quedás unos días? Tengo cosas que atender en Buenos Aires. Claro. Cortó y se sentó a la mesa. Las manos sobre el mantel y la mirada fija en ningún lado. Los segundos como piedras en la espalda, toda la memoria encerrada en esa cocina que ahora le devolvía momentos inexactos, caras, voces, la radio de fondo y el aroma a comida siempre casera, vamos a la mesa, papá está en el campo, el mate sobre la mesada, las cenas en familia. Se incorporó y fue hasta la mesa de luz del padre, buscó la escritura y antes de salir, se detuvo delante de las fotos del pasillo. Después hubo mucho silencio.

Las mismas cuadras, los mismos sonidos, los mismos lugares ahora vistos hacia atrás. Podría caminar de espaldas, pensó y recordó que alguna vez alguien le había dicho que era difícil recordar hechos sin la cronología original. Pensó que tal vez fuera como retroceder la escena de hacía apenas unos minutos pero no todo era lo mismo. Para asegurarse de cambiar el supuesto sentido de la vuelta, tomó un camino alternativo y a los pocos minutos se vio detenido en su propia memoria, de pie y con la vista fija en el círculo de tierra. Algunas gotas de lluvia le devolvieron el sentido del tiempo y caminó hasta el auto. No es la misma escena, pensó o sí, pero al revés las cosas cambian.

Encendió el auto y manejó despacio las mismas cuadras que antes había caminado y pensó que para completar la vuelta tendría que salir del pueblo por el segundo camino. Le causó gracia la hipotética idea de querer demostrarse a sí mismo que podría pasarse la vida manejando en círculo para probar su punto. Qué mundo argumentativo, dijo y por primera vez, se escuchó diferente. Había algún rastro de alegría en alguna parte del pasado. Volvió a la casa y estacionó el auto donde el viejo dejaba el rastrojero. Tiró las llaves sobre le mesa del comedor, hizo algunas llamadas y puso la pava al fuego.

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