El silencio de siempre

Iara camina silenciosa debajo de la sombra de lo que bien podrían ser árboles. La espesa niebla que todo lo cubre no le permite ver más allá de sus propios pasos. Algún sonido lejano la distrae y tropieza con lo que cree es una piedra, no muy grande, pero lo suficiente para lastimarle el tobillo. Ahora está en el suelo, la humedad de la tierra le enfría las manos y la vista se le pierde en lo blanco de las nubes. Se esfuerza por fijar un punto en algún lado, una débil referencia que le indique un camino posible, sin embargo entiende que es inútil, no hay nada que se distinga, nada que sobresalga. Se lleva las manos al tobillo y acerca la cara para ver si está lastimado. Apenas un raspón que quizá le duela unas horas y nada más. Decide que lo mejor será levantarse y caminar un poco, quizá llegue al final de la niebla, quizá logre encontrar un lugar más alto para, desde allí, buscar un sitio tranquilo donde pasar la noche. No está segura de la hora, aunque poco importa, porque no sabe adónde ir, pero aún así le molesta no saber cuántas horas de luz le quedan. Entre la niebla se dejan ver algunos rayos de sol pero la sombra de los árboles la confunde todavía más.

Al revés las cosas cambian

Esa mañana todo fue lento. Le costó levantarse. Se duchó sin demasiadas ganas. Tomó algunos mates. En el silencio, la memoria detenida en cada punto donde la mirada se perdía en el tono grisáceo. Buenos Aires, pensó, nada cambia. De pie y frente a una ventana, como hace tantos años, pero ahora sin quererlo, repasó la lista de los detalles que no debía olvidar. Cerró la llave de gas y esto es lo último, dijo con cierta nostalgia y estirando la o en algo parecido a un suspiro sin intención. Manejó en silencio, por respeto tal vez, por no distraer el recuerdo. Los carteles de la ruta cinco que antes le generaban esa ansiedad del que vuelve de visita, ahora apenas le sugerían que faltaban pocos kilómetros.

Los olvidos del recuerdo

Cuando la vio entrar por esa vieja puerta de madera supo que no volvería a mirar a nadie de esa forma. Caminaba con la vista fija en nada, la rodeaba un silencio de miedo y ni el aire parecía notar su existencia. Pero él la vio como se ven las cosas que no se olvidan. Sintió algo parecido a la nostalgia y entendió que amarla era tan imposible de evitar, como el dolor que sabía que iba a sentir cuando la viera irse sin más motivos que un ruido seco.

Los silencios del amor

Hacía unos meses había intentado escribir acerca del amor que sentí por alguien y todo intento resultó no ser ni la mitad de lo que yo sabía que sentía. Cuando los conocí a Tomi y Luli andaba leyendo a Castaneda y Don Juan le decía que había cosas que no estaban para describir, sino para vivirlas

Los sueños de Cruz

Estábamos en la sala de tapices, le pregunté si había alguno que para él fuera especial, diferente. Lo pensó unos segundos con la vista fija en una de las paredes donde había varias obras. Sí, dijo, y se puso a buscar en una pila enorme de tapices. Parecía conocerlos todos de memoria. Entonces sacó uno y me dijo: este.