Dos tristezas por hoja

Un hombre y una mujer caminaban juntos por una cornisa. Como sus padres y los padres de sus padres, él caminaba delante y ella lo seguía. El hombre, al que alguna vez habían llamado Cristófano, pensaba que su deber era guiar a Magdalena. Nunca fueron la pareja perfecta: el dieciocho de agosto Cristófano levantó la voz porque ella no dijo las palabras en el orden que la situación exigía y Magdalena, la semana del catorce de noviembre, le dijo que no estaba segura de quererlo como él se merecía. Pese a los extraños y acaso inaceptables acontecimientos, cuando la situación fue la correcta y el lugar el indicado, Magdalena pronunció las palabras necesarias en el orden acordado y él hizo su parte. El pastor, vestido de riguroso negro, llevaba una flor también negra en el ojal izquierdo de su sotana. Preguntó: ama usted al señor Cristófano, y ella dijo sí con toda la ternura que cabía en su ojos. El pastor la miró con fingido entusiasmo y continuó: ama usted a la señorita Magdalena, y él dijo sí con cierta benevolencia. Se miraron con voluntario descuido y el padre concluyó: con el poder que mi señor me ha concedido, los declaro marido mujer.

El silencio de siempre

Iara camina silenciosa debajo de la sombra de lo que bien podrían ser árboles. La espesa niebla que todo lo cubre no le permite ver más allá de sus propios pasos. Algún sonido lejano la distrae y tropieza con lo que cree es una piedra, no muy grande, pero lo suficiente para lastimarle el tobillo. Ahora está en el suelo, la humedad de la tierra le enfría las manos y la vista se le pierde en lo blanco de las nubes. Se esfuerza por fijar un punto en algún lado, una débil referencia que le indique un camino posible, sin embargo entiende que es inútil, no hay nada que se distinga, nada que sobresalga. Se lleva las manos al tobillo y acerca la cara para ver si está lastimado. Apenas un raspón que quizá le duela unas horas y nada más. Decide que lo mejor será levantarse y caminar un poco, quizá llegue al final de la niebla, quizá logre encontrar un lugar más alto para, desde allí, buscar un sitio tranquilo donde pasar la noche. No está segura de la hora, aunque poco importa, porque no sabe adónde ir, pero aún así le molesta no saber cuántas horas de luz le quedan. Entre la niebla se dejan ver algunos rayos de sol pero la sombra de los árboles la confunde todavía más.

Al revés las cosas cambian

Esa mañana todo fue lento. Le costó levantarse. Se duchó sin demasiadas ganas. Tomó algunos mates. En el silencio, la memoria detenida en cada punto donde la mirada se perdía en el tono grisáceo. Buenos Aires, pensó, nada cambia. De pie y frente a una ventana, como hace tantos años, pero ahora sin quererlo, repasó la lista de los detalles que no debía olvidar. Cerró la llave de gas y esto es lo último, dijo con cierta nostalgia y estirando la o en algo parecido a un suspiro sin intención. Manejó en silencio, por respeto tal vez, por no distraer el recuerdo. Los carteles de la ruta cinco que antes le generaban esa ansiedad del que vuelve de visita, ahora apenas le sugerían que faltaban pocos kilómetros.

Los olvidos del recuerdo

Cuando la vio entrar por esa vieja puerta de madera supo que no volvería a mirar a nadie de esa forma. Caminaba con la vista fija en nada, la rodeaba un silencio de miedo y ni el aire parecía notar su existencia. Pero él la vio como se ven las cosas que no se olvidan. Sintió algo parecido a la nostalgia y entendió que amarla era tan imposible de evitar, como el dolor que sabía que iba a sentir cuando la viera irse sin más motivos que un ruido seco.

Casi matrimonio

Hablemos un poco de nosotros. Alicia: veinticinco años, trabaja de secretaria en una empresa, estudia veterinaria, le gustan los perros de menos de tres meses, jugar al dominó y leer en el suelo. A veces se enoja y eleva la voz, pero unas semanas después pide perdón con sincero arrepentimiento. Mirada lenta y suave, ojos que no dicen a menos que quieran, por la mañana dulces, por la tarde grises, en las noches un misterio. Viste ropa clásica, ni mucho ni poco, abrigo largo en invierno, en verano apenas lo necesario. Facundo: veintisiete años, un bachillerato en idiomas, algunos cursos de francés, dos de inglés, alumno completo pero no destacado. Comenzó varias carreras sin logros aparentes, dice que quiere ser algo pero aún no decide qué. Le gusta la comida y el buen vino, muchos amigos, música variada, poca paciencia y un sin fin de cuentas por saldar. Lo último queda entre nosotros, porque si Alicia se entera, volveríamos a caer en esas etapas de la pareja en donde hasta la caída de una hoja merece la reválida de la discusión que va, desde la confianza ciega hasta el amor paralítico, y pasa por el ya no me querés, yo te quiero más y el infaltable yo siempre soy la que tiene que decir las cosas. Un desastre, inevitable, lo sé, pero ya hablé de la paciencia y no quiero entrar en detalles.

Del mismo lado de las cosas

El sonido de las olas en la playa y la calma anterior a la tormenta distraen al rostro cansado que permanece con ojos también calmos, tristes, intensos, fijos en lo gris del cielo. El viejo mira porque no sabe hacer otra cosa. La vida siempre pasó cerca pero nunca llegó a tocarlo. Tiene manos grandes y la misma boina que hace años lo acompañó en su primer día de trabajo como pescador en la isla. Nadie lo conoce. Se comentan historias pero así como se escuchan se descreen. Dicen que hubo una mujer pero tampoco están seguros y como la isla es pequeña y parece perdida en el océano, todo el que la visita regresa con la duda. El viejo habla poco y mira todo, él dice que  piensa con los ojos. Despierta cuando aún no sale el sol y se duerme con las primeras luces de la noche. Navega todo el día y pocas veces dice lo que encuentra. Siempre pesca y nadie sabe dónde. Todos sospechan y ninguno afirma. El dice que mejor no decir, más vale ocultar que decir lo que a nadie importa. Los días pasan como las olas en la playa que dejan sus marcas y luego se van, desaparecen para mezclarse con otras olas. El viejo tiene algo de arena y de playa. Camina con pasos cortos y jamás mira atrás. Saluda con gestos suaves. Sonríe con los ojos de quien ha visto más de lo que hay que ver.  

El próximo casillero

La habitación es pequeña y el humo del habano forma en el aire una nube densa. ¿Cubanos? pregunta Miguel. Así es, dice Jorge y lo invita a sentarse. Dos sillones de cuero negro en el centro del ambiente, una mesa ratona, un tablero de ajedrez, dos vasos, una botella de ron. Jorge le ofrece hielo y, sin dejar de mirarlo, Miguel contesta que no. Paredes blancas, algunos cuadros que no reconoce (nunca se interesó por el arte), una lámpara de pié apenas ilumina el resto de los muebles. Si se le ofrece algo no dude en hacérmelo saber, dice Jorge mientras se acomoda en el sillón y cruza las piernas con cuidado para no golpear nada. Miguel mueve la primera pieza.

Entre dos silencios

Un cigarrillo se consume entre dedos inmóviles, una mano desnuda que aún recuerda el sutil roce de otra mano que ahora extraña, imagina lo que no fue, la persigue por los rincones de la memoria y la encuentra vacía, distinta, incompleta. Marisa es para Damián todo lo él que ahora no tiene, y no hay nada más lindo que lo que ya no es, y que triste que lo sepa. Sentado en el sillón del escritorio, con la vista en el marco de la foto que siempre olvida guardar, intenta descubrir cuál fue el momento donde todo comenzó a ser distinto, qué te pasa, por qué no hablamos, siempre lo mismo, y él nunca habló, para qué piensa, si de todas formas nada hubiera cambiado. Damián fuma en silencio, quiere regresar el tiempo al día en que por primera vez la vió, sentada en el suelo, la mirada triste, sola, indiferente, hermosa. Repasa lugares, colores, caricias, Marisa en la cama, el pelo, a dónde vas, quedate conmigo, un rato más, esa vos dulce que lograba cualquier cosa, y Damián la miraba y volvía a la cama, a los besos, a la noche aunque no fuera.