No es novedad que me gusta el silencio y que disfruto la soledad como pocas cosas. Desde hace demasiados años me conmueven historias de gente que pasa tiempo a solas en busca de vaya uno a saber qué. No termino de entender bien qué es lo que encontramos en esos espacios de silencio y distancia, pero creo que en mi caso, tiene que ver con la combinación de ausencia de ruido exterior (que me facilita la disminución del diálogo interno), una sensación de “estar fuera de alcance”, y una seguridad producto del tiempo necesario para retomar contacto (generado por la distancia física que me separa de los demás).
Uso diálogo interno en el concepto de Castaneda: esa comunicación permanente con nosotros mismos, no siempre positiva, que nos distrae de vivir y que nos aleja del beneficio incalculable de poder percibir el mundo tan solo como lo que es. El murmullo constante nos lleva a querer tener una postura definida en casi todo, a opinar de cosas que existen sin necesidad de ser explicadas. Nos enfrenta con nuestra propia incapacidad de disfrutar el hecho de estar vivos aunque no sepamos bien por qué. Viajar te quita cosas de encima, te libera de ataduras, te predispone a alejarte física y emocionalmente de problemas que por más que uno mismo se los cree, existen de forma permanente en nuestro diálogo interno. Viajar, para mí, relentiza la constante comunicación con uno mismo y pone nuestra atención en el afuera de forma suave, no para juzgar y opinar, sino para ver y aceptar.

Lo de “fuera de alcance” viene a ponerle freno al exceso de comunicación que sufrimos de forma directa o indirecta en estos días que nos toca vivir. Hace no muchos años había que hacer varias cosas para poder comunicarse con alguien. Hoy estamos permanentemente conectados a todo lo que nos rodea. En muchos casos es una ventaja y una herramienta muy poderosa y en otro aspecto, en mi opinión, nos hace vulnerables a la incapacidad de silencio. Estamos tan acostumbrados al exceso de estímulos que ya nadie tolera estar sin hacer nada un par de minutos, aunque dentro de ese nada, exista una inmensa cantidad de opciones dentro de lo que antes llamábamos imaginación. Cuando yo era chico y estaba “aburrido” mi vieja me abría la puerta y me decía: andá a jugar. Y yo salía al jardín y jugaba con lo que había: una rama de un árbol, una pelota, los perros de la casa, o simplemente me quedaba sentado imaginando cosas interesantes para ese yo de 8 años. Prueben eso mismo con un niño de 8 años hoy y luego me cuentan cómo les fue.
Estar “fuera de alcance” es estar fuera de línea para recibir estímulos de forma constante. Es el no tener señal por las próximas 6 horas y saber que nadie te puede contactar por más que quiera y sobre todo, por más que sea importante. Porque esa importancia que uno cree que tiene la comunicación es simplemente una percepción de nuestro propio ego que considera que somos una pieza fundamental en alguna operación externa de otra persona. Es la sensación de que si no respondemos algo rápido el mundo se frena porque somos los suficientemente importantes como para que si nuestra palabra no se expresa, hay cosas que no suceden. Bueno, por suerte no somos tan importantes, y nuestras palabras rara vez son tan interesantes como para afectar el funcionamiento de algo. Viajar es reducir nuestro propio ego al punto tal de que nada de lo que hacemos impacta en nada porque estamos tan lejos y tan desconectados que hasta nuestra propia existencia deja de ser importante por el hecho básico de que si nos morimos o desaparecemos, nadie se entera, o con suerte, alguien se entera algunas horas después.
El espacio de tiempo para retomar contacto tiene que ver con lo anterior: desde que tomamos la decisión de volver, hay una espera que no depende de nosotros sino del tiempo que tardemos en volver a estar en algún lugar con capacidad de comunicarnos. Y si nos demoramos por cosas que tampoco dependen de nosotros, se extiende esa ventana y esa distancia de seguridad. Hay una sensación de libertad extraordinaria en el hecho de estar viviendo en paralelo del mundo y de saber que no sabemos el estado de ese mundo que nos vamos a encontrar cuando volvamos. Es saber que todo lo que está sucediendo en nuestra vida “conectada” está pasando sin que tengamos control y que no hay nada que podamos hacer para tenerlo, hasta que esa distancia se vuelva cero. Es aceptar que somos incapaces de hacer lo que queremos, por más que nuestra intención no tenga dudas, hasta que las condiciones sean las necesarias para que eso suceda. Es amigarse con la ansiedad que nos genera no poder obtener resultados inmediatos y aceptar que nuestra decisión es importante solamente en relación con el tiempo. Porque no siempre podemos decidir sobre las cosas del mundo y porque a veces, decidir mal a tiempo es mejor que decidir bien, tarde.

Esto es el primer post de Buenas Rutas, el kilómetro cero de un espacio nuevo dentro de Buenas Historias, dedicado a lo que le dio origen a muchos de los textos que acá escribo: viajar. Siempre me gustó y siempre encontré en la distancia física de los viajes, una sensación hermosa de soledad y silencio que me permitieron ver y descubrir un mundo dentro y fuera de mí mismo, que me llevó a vivir las experiencias más enriquecedoras de las que tengo memoria consciente. Pasé por varias etapas y formas, desde los primeros viajes en carpa con mi familia, luego la casa rodante, luego de mochilero cuando empecé mis primeras salidas solo, luego sumando distancia cuando comencé a visitar países más lejanos y últimamente encontré en el silencio de los viajes en moto, una nueva sensación física que desafió lo que yo pensaba que era el silencio y me corrió las fronteras del conocimiento a lugares más remotos.
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