En materia de vivir, nunca se puede llegar antes. (…) La insistencia es nuestro esfuerzo, desistir es el premio. Y a éste solo se llega cuando se experimentó el poder de construir, y, a pesar del gusto de poder, se prefiere desistir. Desistir tiene que ser una elección. Desistir es la elección más sagrada de la vida. Desistir es, el verdadero instante humano.
Clarice Lispector. La pasión según G.H.
Hay lugares donde nunca fuimos y siempre estuvimos. Hay personas que son como lugares. Hay lugares que sólo existen con ciertas personas. En general, nada tiene sentido sin alguien que mire lo que sucede. Nada parece existir fuera de nuestra percepción del mundo. El mundo es, entonces, una cantidad muy grande de formas distintas de nombrar las mismas cosas.
Hacía tiempo que la vida era mirar por la ventana de la vieja cocina en pausa, sin esperar cambios en un mundo que tampoco había sido amable con él en otros momentos. Si hubiera que repasar minutos felices, los podría contar con los dedos de unas manos cansadas de tanto que hacer y tan poco que decir. Las palabras no se le daban bien. Ahora menos. Y sus manos ya no eran las mismas. Dolían más las caricias evitadas que el principio de una artrosis que tampoco le importaba, como todo lo demás.
Lo más difícil al despedirse es la costumbre de vivir sin la imagen de uno mismo en el otro. Ella fue un dolor constante pero necesario. Fue la prueba de haber estado vivo. Sin su recuerdo hoy tendría serias dudas de haber vivido siquiera un día. Por eso ahora estaba confundido. Despertaba con una sensación nueva de extrañar algo que no quiso cuando lo tuvo.
Lo complejo de la muerte es aceptar que nuestra imagen ya no depende de los actos o las palabras. Pero hay despedidas que son muertes. Uno sabe bien cuando las frases son las últimas y todo lo demás es recuerdo de momentos que dejan de ser ciertos en la primera oportunidad en que la misma memoria decide cambiar cosas. La evolución de la memoria es tan absurda como imposible de evitar. Como esas cosas que simplemente suceden delante nuestro y hasta parpadear es un fastidio.
Al final de todo, el amor está en los lugares en donde solo está uno mismo. El sentía cosas que no podía explicar. No podría haberlas explicado antes tampoco. Con ella en detenida en el frío de una tarde de todos los otoños que vivieron juntos. Pero eso no era vivir. Eso era sentir en su forma más pura. Sin entender nada. Sin la necesidad de entender nada. Ellos solo vieron pasar la vida como quien mira una nube blanca en un cielo todo gris.
Ahora era lo mismo pero sin ella. Sin todo lo que tenía que ver con ella. Pero la casa estaba igual. Detenida en el enojo que los despidió, como tantas otras veces, una mañana de un mes que no recuerda de un año que no importa. Era temprano porque el aroma denso del pan recién horneado de la panadería de la vuelta entraba por esa misma ventana de la cocina como un habitante distraído que viene sin que lo llamen.
La vida era todo lo que pasaba fuera de esa cocina. Fuera de la casa. Por eso le gusta mirar por la ventana que en otros tiempos había sido tan insignificante. Nadie hablaba de la ventana. Tal vez algo de los vidrios ese día que hubo que cambiarlos, pero por lo demás, la ventana era parte de la casa, como los techos o las puertas y los ladrillos que no sabe quién o cómo los puso. Hoy su vida dependía de esa ventana que pareciera no haber existido hasta que él se fijó en ella.
No suena ninguna música. Hay un silencio tan profundo que el roce de la taza de té sobre la mesa le hace cerrar un poco los ojos ya medio cerrados por la vida. Mientras se da cuenta que le molesta el sonido antes imperceptible de cualquiera de sus movimientos, recuerda que no hace tanto había un reloj que sonaba rítmico y permanente. No sabe cuándo dejó de pasar eso y trató de recordar qué otros sonidos habitaban la casa desde que ella dejó de ser parte de sus vidas.
La cuchara descansa sobre la mesa y algunas gotas de té habían dejado una mancha más en una madera que ya no soportaba el paso de los segundos. Todo estaba a punto de perder estabilidad. Como esos castillos de cartas que si se mueve una se destruye desde abajo hacia arriba, así estaba la casa: esperando que alguien moviera apenas un silla demasiado fuerte para que todo deje de tener la forma que tiene ahora.
Respiró pesado, largo, sin ganas. Miró la mano que sostenía la manija de una taza también sin ganas. Miró la taza y la ventana y pensó que tenían un color parecido. No sabía decir qué color era pero sabía que no le gustaba. Se dio cuenta que no le gustaba cosas que no sabía ni qué eran. Como si para elegir no fuera necesaria demasiada información. Sabía que no le gustaban cosas que no podía explicar.
Ahora todo es presente y pasado al mismo tiempo. Como un juego de conjugaciones que avanzan sin funcionar. Como uno de esos buques de tamaños imposibles que se mueve en un mar tan quieto como las partes que lo componen. Una contradicción más de una vida marcada por las cosas que nunca dijo. Todo lo dicho, fue después o, incluso mucho antes, del momento exacto en que había que hacerlo.
Después mira esa ventana por donde, si la memoria no fuese tan mezquina, recordaría la imagen de ella caminando con el abrigo gris claro, paso firme en la mañana que fue la última. Pero no sabe si al salir acaso tomó para el lado contrario. Le gusta pensar que la memoria es una mezcla de cosas que sucedieron con deseos inexplicables de espantos con menos sentido que la propia realidad.
Entonces espera que ella vuelva, como tantas otras veces, con una cartita escrita al pasar en cualquier servilleta de los incontables cafés donde había perdido el tiempo que podrían haber disfrutado juntos. Pero sabe que la muerte tiene otras formas, otros colores. Todavía no está listo para elegir la negación absoluta de todo. Faltan cosas que no comprende. Falta aceptar que nada tuvo sentido, porque nada lo tiene, nunca.