En mis años de consultor en tecnología tuve la suerte de vivir la experiencia de trabajar un tiempo en Venezuela, justamente en TeleSur, canal del estado por donde se distribuía y manipulaba la mayor cantidad de información oficial. No voy a opinar de política porque a mi lo que me gustan son las historias, aunque voy a decir que en los tiempos que corren, y habiendo visto la cocina de los medios de comunicación desde adentro, nunca nada es una cosa ni la otra y todo tiene la forma de lo que nunca sucede. En cualquier caso, nadie debería morir por las ideas de otro y la libertad debería ser siempre, el único destino de los pueblos.
La Batalla de los Bolívares
Soy Argentino y si algo sabemos en mi país, es de inflación. Bueno, en realidad parece que sabemos de todo porque lo que sea que nos pregunten, si nos dan tiempo, podemos hablar una semana aunque no tengamos ni la menor idea de lo que estamos diciendo. Con el paso del tiempo entendí que es una cuestión de actitud, aunque no sepamos nada, fingimos demencia y seguimos hablando.
La cuestión es que, como todo Argentino me sentía un experto en todo y más que nada en inflación, hasta que entré en la oficina de la que en ese entonces era directora de contenidos de TeleSur y le dije, tengo que cambiar dólares. ¿Para qué? No sé, para comer, para comprarle un imán a mi madre, qué se yo! Ok, ¿cuántos? No sé, ¿200? ¿Coño pero tú estás loco? ¿eh? Es mucho, dame 10. ¿Cómo 10? Si, 10.

Como no me entraba, me llevé la mitad al hotel y el día siguiente me llevé la otra mitad. Y como no salía del asombro, busqué algo que sirviera de referencia de tamaño y le saqué una foto para mostrarle a mis amigos lo que, en el año 2013, eran 5 dólares americanos en Venezuela. Hasta acá es simpático porque uno se imagina la logística de miles de camiones transportando toneladas de dinero de un lugar al otro. Pero eso era el sueldo mensual de las personas que yo estaba capacitando en el uso del sistema que vendíamos.
Recuerdo las cenas con el equipo luego de largas horas de trabajo en la oficina y cuando llegaba la cuenta de una mesa de 10-12 personas donde todos habían tomado y comido a reventar, era algo así como 2 dólares. La distorsión de precios era tan absurda que nadie sabía cuánto valía nada ni qué cosa era cara o barata. Todo se convertía a dólares para poder tener una referencia real del costo de consumo. En ese viaje entendí que la universidad financiera Argentina no era ni remotamente parecida a la Venezolana y que cualquier venezolano entendía más de economía y geopolítica, que cualquier político Argentino.

El desafío de no morir comiendo en Caracas
Eran tiempos de juventud, de poner a prueba los límites de la ingesta y cada noche volvía al hotel a punto de morir de la cantidad de comida que me hacían tragar, porque el desespero de esta gente porque uno pruebe las maravillas de su gastronomía es tan feroz que uno come más por miedo que por hambre. No había revolución que frenara el desfile de camareros trayendo platos de dimensiones imposible o carrito de la calle donde no se detuvieran a probar lo que había.
Pero todo fue pasado en el momento exacto en donde probé la Arepa Reina Pepiada. No me pregunten qué tiene porque me lo explicaron mil veces y no me importó. Para mí es magia de las más pesada, oscura, despiadada, esa que no tiene cura. Desde el momento en que me dieron eso, me comí todas las que me crucé en la vida, hasta el día de hoy. evidentemente no puede ser sano para el cuerpo porque nada así de rico lo es.

La triste historia de vivir donde no hay vida
Todas las veces que llegué o me fui de Caracas, tuve la misma sensación de tristeza por el contraste entre lo majestuoso y bello de la ciudad y los barrios populares. Desde el Aeropuerto Internacional de Maiquetía hasta el centro de Caracas hay unos 25 kilómetros. La última vez que fui en el 2015, conté 17 retenes del ejército controlando autos y camiones en la autopista. A mi no me frenaron ni una vez porque me fueron a buscar en autos autorizados del canal. Desde el primero hasta el último kilómetro, lo que se ve a un costado y al otro, son barrios populares de gente que vive, literalmente colgada de los cerros, sin agua, sin luz, sin cloacas, sin nada. Son trabajadores humildes que viven al costado del mundo en condiciones muy complejas.
Las historias eran infinitas, el que no vivía con los padres, vivía con 3 o 4 amigos, o estaba de prestado en la casa de la hermana de fulano o de la cuñada de mengano. Todo el mundo apilado en apartamentos demasiado pequeños y llenos de cosas. Se alquilaban habitaciones en todos lados porque nadie era capaz de mantener una vivienda sin ayuda.

Ya para ese entonces, la revolución había destruido por completo la posibilidad de adquirir una vivienda porque el costo era imposible de pagar para cualquier trabajador y los únicos que tenían el privilegio de llegar a tener su casa propia, eran políticos, gente con altos cargos en empresas del gobierno o militares. La única esperanza era que el propio gobierno te diera una casa, como hacía con la comida y con todo lo demás. Pero tampoco era tan simple, nunca lo es.
Del otro lado del espanto, estaba la Caracas de la gente que sí tenía acceso a todo. Desde la terraza del Hotel donde me hospedaba, se podían disfrutar Mojitos Cubanos por 9 centavos de dólar el par, mientras se apagaba el calor de un sol caribeño que no daba tregua, en la piscina de agua perfecta. Pocas veces me sentí tan solo y perdido y pocas veces tuvo tan poco sentido disfrutar de cosas que no importan.

Los Roques, el destino que no existe
El último fin de semana decidí ir a conocer Los Roques, un paraíso formado de archipiélagos frente a la ciudad de Caracas, en pleno Mar Caribe. Conseguí los pasajes y el hospedaje por intermedio de un local porque la diferencia de precio era absurda si se pagaba con tarjetas internacionales. Ese viaje de 3 días que hice el paraíso, era directamente imposible para un Venezolano. La mayoría no fue nunca en su vida, ni tiene chance alguna de hacerlo. En ese momento, gaste 400 dólares americanos que significaban 11 años de sueldos completos de un trabajador.
Recuerdo que sólo había turistas y que todo el mundo estaba en pareja. Los guías de las excursiones no entendían que yo hubiera ido solo a un lugar así y hasta sospechaban que mi supuesta esposa me había abandonado en pleno viaje. Para que no me sintiera mal, en vez de dejarme en las playas con el resto de las parejas, me llevaban a pescar langostas con ellos y me daban el doble de cerveza para matar la pena del abandono. Como soy hombre de letra escrita y no tanto de palabra, yo dije que ni a todo y brindé por el amor roto de alguna esposa en fuga.

El mundo es un lugar extraño. Lo que para algunos es normal, otros no lo entienden. Muchos tienen poco, la mayoría casi nada y sólo algunos tienen lo que les falta a todos. Las desigualdades existen desde que el hombre es hombre y tal vez la vida no llega a ser lo bastante larga para ver cambios en aspectos tan simples como que nadie muera de hambre por pensar distinto, por creer distinto, por amar distinto o por decir distinto.
Ojalá la vida importe más que el ego, las ideas más que las palabras y los abrazos más que las balas. Ojalá los hombres que nos sucedan en el tiempo, entiendan que la libertad nos hace sabios, el amor nos hace humanos y que de este mundo nos vamos solos, en silencio y sin tiempo.