Nunca había tenido moto y allá por el año 2018 compré una Honda Elite. No sabía que el frío se podía sentir en tantas partes del cuerpo y que el viento en la cara una tarde de sol podía ser una sensación tan placentera y añorable. Me gustó tanto todo que la cambié por una Honda New Twister. Estaba decidido a salir a la ruta cuando el COVID-19 y su eterna cuarentena frenaron mis intenciones por un año. En ese tiempo conocí a Darío, un mecánico de Honda que tiene su taller en la ciudad de Mar del Plata y con quién tuve las primeras charlas serias para viajar en moto. Como todo motero con experiencia, me dijo muchas cosas que él sabía que yo no sabía. Entre otras, me dijo que me fuera con una moto más grande porque mi idea era llegar de Mar del Plata a Ushuaia, unos cuatro mil kilómetros, varios por la Ruta Nacional 40, cruzando la Patagonia Argentina. Recién aparecía la Honda CB 500 X con una excelente combinación de autonomía y desempeño. Fue la elegida para comenzar este viaje en moto que cuatro años después ya junta unos casi treinta mil kilómetros, mucha tierra y tantas historias como no hubiera sido posible soñar en mis mejores noches.
La verdad es que no se de dónde salió el deseo de viajar en moto, creo que fue más un impulso que un deseo y tal vez me llamaba la atención por lo desconocido. No sabía si me iba a gustar pero tampoco tenía en claro qué esperar de un viaje que tenía un destino final pero no una ruta definida ni un tiempo estimado. La idea era salir a la ruta y ver qué pasaba. Bueno, es evidente que me gustó más de lo que suponía pero ¿por qué? ¿qué es lo que genera viajar en moto que cada vez más personas lo encuentra atractivo? Ya hablé de lo que a mí me genera viajar en otro post (Buenas rutas, kilómetro cero: ¿por qué viajamos?) pero todo el que alguna vez viajó en dos ruedas, sabe que no tiene nada que ver con la experiencia, por más hermosa que sea, de viajar en cualquier otro medio. Hay algo especial en el minuto a minuto en moto que lo vuelve absolutamente diferente. En este caso, lo que a mí me enamoró fue la parte física, la atención permanente y la desconexión obligada.
Con parte física me refiero en principio a lo más obvio: viajar en moto es viajar con el cuerpo. Toda maniobra implica el uso de nuestro cuerpo como parte necesaria para lograr lo que queremos. Doblar, frenar, acelerar, todo lleva una postura, un proceso físico que nos hace conscientes de lo que estamos haciendo. Doblar en un auto es girar el volante, doblar con una moto es una secuencia de pasos, desde poner la vista en el final de la curva, el peso del cuerpo en posición, las rodillas en cierto lugar, las manos, los codos, etc. Y todo depende de la curva que estemos tomando, la velocidad, la pendiente. Es una constante comunicación entre el camino que estamos transitando y nuestro cuerpo al servicio de las maniobras que decidimos hacer.

Pero también hay una parte física que tiene que ver con las sensaciones del camino. La temperatura, los aromas, el viento, el peligro, la lluvia, las distancias, el cansancio. Todo se vive diferente y todo cambia con cada kilómetro. Y cada cambio hace que cambie con eso lo que estamos viviendo. No es lo mismo viajar con calor que con frío y lluvia. No es la misma atención que ponemos al conducir, no es el mismo disfrute aunque no deja de ser disfrute. Todos sabemos lo que es tener calor o frío pero nadie sabe lo que es realmente el calor hasta que se tuvo que poner la ropa de moto y salir a la ruta en el medio del desierto con 40 grados a la sombra. Y todos hemos sentido frío, pero nadie sabe lo que es el frío hasta que no se subió a la moto una mañana de lluvia con -6 grados a 100 kilómetros por hora y con viento. Todo eso se vuelve parte del viaje en sí mismo y todas esas cosas no dependen de nosotros y no hay nada que podamos hacer para controlarlo. Viajar en moto es adaptarse de forma permanente a las condiciones del camino, dentro de lo posible, y siempre con el espíritu de hacer, aunque sea, un kilómetro más.
Cuando uno viaja en avión y tiene la suerte de ir en alguna ventana, hay un disfrute por el hecho de poner la vista en la distancia que nos separa del suelo, pero también hay momentos de entretenimiento, de relajación, es decir, nuestra atención pasa por diferentes niveles y actividades. Al viajar en auto, incluso manejando, tenemos tiempo de contemplar el paisaje, de detener la vista en algo que nos resulte interesante aunque sea unos segundos. Bueno, en moto depende de las circunstancias pero en general, la pérdida de atención plena en el camino lleva a lugares a los que no queremos ir. Con eso me refiero a que viajar en moto genera un estado de atención permanente, que nos permite disfrutar del viaje pero de otra forma. Los tiempos de no-atención son mínimos y dependen del estado de la ruta, de las condiciones del tiempo, de la hora, el tránsito, etc.

De la mano con lo anterior, cuando digo que andar en moto genera una desconexión obligada quiero decir que el hecho de que nuestra atención se encuentre tan enfocada en el camino y en las micro acciones de nuestro cuerpo para conducir, hace que no tengamos tiempo, pero sobre todo, necesidad de comunicarnos con el mundo que nos rodea. Un poco porque sabemos que no prestar atención al camino es peligroso, pero también porque sabemos que cada kilómetro cuenta. Cada kilómetro es algo que estamos a punto de descubrir. Nunca sabemos en dónde está lo que nos va a sorprender. Puede ser el próximo puente, la próxima curva, un paisaje que sólo se ve desde esos metros del camino, una montaña, el sol cayendo en los últimos segundos de la tarde. Andar en moto es poner el mundo en pausa y lo único que importa es disfrutar el metro sobre el que estamos. Por eso nos reímos mientras vemos ese lago que tal vez en unos pocos segundos ya no sea el mismo porque el viento le pega distinto. Por eso cantamos a los gritos dentro de un casco que vale más que cuatro Luna Parks llenos de gente.
Yo que anduve mucho tiempo a solas pensaba que sabía lo que era el silencio: ausencia de palabras, de sonidos, de gente. Solo después de andar en moto diez mil kilómetros en lo que viene después del desierto de la Patagonia Argentina, entendí que el silencio no tiene nada que ver con los sonidos del mundo. El silencio empieza dentro de uno mismo, cuando tenemos el coraje, el tiempo y las ganas, de llevar nuestro diálogo interno, al lugar que teníamos pendiente, desde el día en que empezamos a creer que callar lo que uno siente, tiene algún tipo de sentido.



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