Chaco Impenetrable: una historia de muerte, traición y ríos migratorios

Tiempos de exploración y conquista en una Argentina naciente. Todo por descubrir, todo por exportar a las economías europeas sedientas de cualquier cosa que venga del nuevo mundo. La empresa Bunge & Born se ofrece de mil amores a recorrer el Río Bermejo en busca de posibles vías de transporte desde las minas del norte al puerto de Buenos Aires.

No se diga más, vayan, naveguen, exploren y construyan. Bueno, dale ¿cómo sería el tema del pago? Ah, claro, eso, bueno, plata no hay pero tierras sobran. ¿Elegimos nomás así a ojo? Sí, dale. Venga, nos quedamos con estas 250 mil hectáreas. ¿No es un poco mucho? Esa tierra no vale nada, no se puede ni entrar a los campos. Ok, suyas entonces.

El Río Bermejo nace en las alturas de Bolivia y baja serpenteando el norte Argentino, coquetea con la frontera entre Chaco y Formosa hasta desembocar en el Río Paraguay que luego se une con el Río Paraná para formar el orgullo Argentino del Río de la Plata. Río bravo de aguas poco amables y un cause que cambia de lugar según las lluvias y el humor de un suelo que no tiene dueño.

Bunge & Born desiste del proyecto: este río cambia de lugar, es imposible hacer puertos si no sabemos por dónde va a pasar el año que viene. Ustedes son los expertos, resuelvan. Expertos en ríos fijos, esto es inviable. Bueno, las tierras ya son suyas, hagan lo que puedan. No se puede nada, lejos del cause del río no hay agua en ningún lado, la selva es un infierno, las temperaturas imposibles, hay más animales que en un Safari y el mosquito más chico te amenaza de muerte antes de picarte. Problema de ustedes.

Vista aérea del río Bermejo serpenteando entre vegetación densa y áreas de terreno árido, mostrando su recorrido en el norte de Argentina.

No pasó mucho tiempo hasta que dos hermanos italianos, dueños de algunas fábricas en las cercanías de Buenos Aires, ofrecieran todo su patrimonio de operación pujante a cambio de la totalidad de las tierras inservibles. Nadie sabe por qué, pero trato hecho. Bunge & Born se queda con las fábricas y los flamantes dueños de medio norte Argentino vienen a ver de qué se trata la cosa. 

Don Manuel Roseo y hermano llaman La Fidelidad a la estancia más grande de aquellos tiempos y a uno de los campos más extensos de la historia del país. Compran vacas y las dejan sueltas en los infinitos pastizales color futuro. No hay alambres, ni cercos, ni límites, ni gente para arriar, ni forma de pasar a través de la selva. Las vacas crecen solas a la luz de un sol abrasador que derrite todo lo que toca. Pasan los años. Son miles de vacas salvajes y felices.

De vez en cuando, algún lugareño, si puede, caza alguna y se la come. Lejos de los causes del Bermejo y su hijo el Bermejito, no hay mucha vida. Cerca tampoco, apenas un puñado de cazadores de lo que sea. Pero el corazón de la estancia luce un casco estilo colonial construido por Bunge & Born, de amplias habitaciones no tan frescas como hubieran deseado Don Manuel y su hermano.

Un poco de siembra donde se pueda, un poco de animales si no se escapan. La cosa no iba muy bien, era imposible controlar tanta extensión y siempre había algún interesado en lo ajeno con ganas de echar mano sobre lo que hubiera y, sobre todo, sobre la misma tierra. Pero los Roseo no eran fáciles de domar y a puro grito, faca y caras serias, mantenían el orden y daban trabajo a cientos de peones de la zona.

Vista aérea de un río serpenteante rodeado de exuberante vegetación en la región del norte argentino.

Las deudas son mezquinas. Los bancos de la época no se andaban con sutilezas y la soga al cuello de los hermanos dejaba pocas cartas sobre la mesa. Hay negocio en la madera, dijo Don Manuel. Algarrobo y quebracho para abastecer a todo el planeta varias vidas. Piden permiso. No se lo dan. Le dicen al banco que la única forma de pagar la deuda era con ese permiso. El banco habla con el señor de los permisos y entonces se lo dan.

Tenían la gente, los camiones, las máquinas, los caminos y millares de árboles. Todo funciona de maravillas y no hay mueble de familia rica de Argentina o Europa que no ostente salas de estar con algarrobo del Chaco Impenetrable. Pero si la ambición es traicionera, la avaricia es eso y también jodida. El gobierno provincial le ve futuro al tema de la madera y las fundaciones de preservación del medio ambiente ven algunas oportunidades.

Un par de ofertas por semana. Piénselo Don Manuel, ningún negocio dura para siempre y a la provincia le vendría bien un parque nacional en sus tierras. La Fidelidad no se vende, decía Roseo y daba dos pasos atrás para preparar la guardia. No se ponga así, esto es bueno para todos. La tierra es mía y no se vende. Hágame caso hombre, piénselo, su hermano ya no está, su cuñada no ayuda demasiado, usted sólo no puede con todo y no tiene herederos, no vaya a ser cosa que ocurra una desgracia.

Hombre de mediana edad con bigote frente a una antigua camioneta en un taller rural.

Entonces Don Manuel Roseo se murió. Y su cuñada también. Y al peoncito que lo ayudaba con las cuentas lo revolearon enbolsado en Tres Isletas pensando que estaba muerto. A Roseo, le martillaron los dedos y lo molieron a golpes para que firme la escritura. No firmó, el hombre muere con las botas puestas. Aparecieron algunos hijos no reconocidos, hubo abogados y mucho ruido. Pero el Estado suele tener razón y si no la tiene no importa. Confiscaron la tierras de Chaco, 150 mil hectáreas. Las 100 mil de Formosa no pudieron, ahí siguen, vacías, detenidas en el tiempo de una Argentina que no tiene sentido.

Este párrafo será corto: esto pasó hace 13 años, en el 2011.

Hoy se llama Parque Nacional El Impenetrable. Los trabajadores de la estancia ahora atienden turistas de todo el mundo que vienen a ver mamíferos de todos los colores, pájaros maravillosos y mosquitos de cine de terror. Ya no se puede cazar para vivir. La fundación que administra el parque decide quién va a comer a dónde. Una noche en una carpa con vista al río, vale 200 dólares. Una cena en casa de lugareños, 10 dólares.

El Bermejo y su hijo el Bermejito, siguen haciendo lo que quieren. Porque nadie puede decirles por dónde deben andar en este mundo que es de ellos mucho antes que la ambición humana pensara que puede decidir quién es dueño de qué, en una vida que tampoco le pertenece. Los algarrobos que quedaron en pié, observan desconfiados a esta raza de indefensos que no viven lo suficiente para verles crecer una rama.