Pocas veces lo vi ansioso. Imperturbable a la infinita cadencia de segundos, tenía la facilidad de la espera. Llegaba tarde a todos lados, y nosotros con él. Se reía ante la queja como si el tiempo fuera una variable indeterminada. En algún punto creo que lo hacía con intención, como queriendo marcar una singularidad, una travesura de minutos, necesitaba estar en contra de las cosas que se aceptaban sin preguntar.
En plena adolescencia se me dio por la música. De más chico fui a clases de piano pero resulta que para sacarle sonidos a esa cosa, había que saber de partituras o tener un oído diferente. Sin ninguna de las dos y exento de la paciencia que él dominaba, quise probar con la guitarra. Por intermedio de quien luego sería un gran amigo y extraordinario bandoneonista, conseguimos un profesor de guitarra dispuesto a moldear mi absoluto desconocimiento.
Pedro era un personaje salido del misterio. Presidente del Club de Crotos de Mar del Plata, se juntaban los fines de semana y caminaban por las vías del tren que ya nadie usaba, buscando historias y fantasmas de máquinas y fierros de otros tiempos. A la tercera clase me dijo: a usted no le gusta esto, ¿qué quiere? Yo quiero cantar, le dije. Supongo que ya debía saberlo. Cantemos, dijo.
Para cantar, había que escuchar las canciones y en casa solo había radio. Un antiguo y desvencijado aparato que mi viejo usaba sin piedad, siempre en la misma frecuencia: una radio de Uruguay que pasaba tangos las 24 horas del día, dos horas variados por una hora de Gardel. Todavía recuerdo la publicidad que cantaba: tenemos todos los rulemanes, es lo único que vendemos.
Hacía un tiempo que habían salido los equipos de música. Enormes bestias del sonido, todos en color negro, con parlantes aterradores, doble casetera y CD. Yo quería uno, necesitaba uno. Bueno, me dijo, en seis meses te lo compro. Permanecí en silencio mientras hacía la cuenta de la cantidad de horas que tenía que esperar para depositar mis manos sobre esa belleza.
Esperé los seis meses con una firmeza impecable. Un amigo de mi viejo tenía una casa de música que visitamos varias veces porque tenía que comprar algo para escuchar cuando llegara el equipo. Pasaba las tardes leyendo la lista de canciones y las historias que incluían los libros que venían en la caja de los discos. Esperaba atento en la radio y me ponía contento cuando pasaban algo que yo tenía porque luego iba a poder escucharlo cuando quisiera.
Cuando llegó el día sentí deseo pero no necesidad. Podía vivir sin eso porque había comprobado que mi voluntad era más fuerte que todo lo demás. Así aprendí a esperar. Porque todo en la vida implica tiempos que muchas veces no manejamos, porque todo lo que necesitamos está dentro nuestro y porque nadie puede controlar a quien domina el arte de la espera.