Mi viejo era un gran escuchador. Con una imperturbable paciencia para las historias largas. Escéptico del resumen, quería siempre la versión completa. Bueno, contame dale, desde que saliste de tu casa, me decía cada vez que yo salía de viaje aunque fuera por dos días.
Recuerdo las cenas en el comedor de casa. Un ambiente sobrio con maderas de tonos oscuros, muebles imponentes y adornos que nunca cambiaron. Siempre los mismos lugares, como ritual invariable. Uno por uno tocaba narrar lo vivido. No había televisión, ni radio, ni música. Solo las voces y las historias del día. Desde que te dejé en el colegio, dale, decía como inicio de la ronda de cada noche.
Su escucha era inquisidora, nada le resultaba insignificante y para todo había preguntas que requerían más detalle. Él cerraba la vuelta muchas veces ya cerca del final de la cena. Satisfecho de información, pasaba a su propio ritual de pelado y corte de manzanas que luego te revoleaba por la cabeza y había que estar muy atento para atajar la fruta voladora y no terminar con una manzana en la frente.
Era buen narrador, maneja los tiempos y los silencios. Generaba espacios en blanco que obligaban a preguntar y donde caías en su trampa se emocionaba y decía: ahhhhhhh pibe, ahí está. Con su víctima atenta, continuaba la historia haciendo foco en lo que fuera que le hubiera resultado una intriga. Yo sonreía sabiendo que la pregunta había sido más por él que por mí. Su inocencia escondía una ternura que se fue intensificando a través de los años.
Siempre me gustó contar historias, desde aquellas tardes con Eduardo Galeano y mates en el balcón del tercer piso de Hualfin, una callecita de pueblo en el corazón de Caballito, barrio detenido en el tiempo de la grandiosa Buenos Aires. Adoquines gastados por cientos de almas y tranvías, jacarandás enormes, avenidas paquetas y veredas color tiempo. Mi viejo me regaló “Las venas abiertas de América Latina” cuando a los 18 años, dejé el mar y me fui a nacer de nuevo a la capital. Con los años fui leyendo todos los libros del maestro de las historias, con la esperanza de algún día ser lo bastante decente escribiendo como para poder animarme a publicar algo.
Escuchar es un arte que requiere colocar nuestra propia historia a la orilla del presente. Hace un tiempo un gran amigo me dijo que leyera un libro que nunca recuerdo el nombre pero que como todos los libros, me dejó una frase: se aprende más esperando que preguntando. Creo que también se aprende más al escuchar que al decir. Escuchar es un desafío a la paciencia, es dejar nuestro ego a un costado, es la contemplación de la palabra ajena. Dominar el arte de la escucha como lo hizo mi viejo requiere cosas que todavía no se que existen. Él supo acariciar las palabras del otro, eran abrazos a la historia, era amor en silencio.