Mi viejo era un hombre de silencios largos, de pausas infinitas, de permanencias imposibles. Podía pasar horas mirando el mismo paisaje sin dejar de sorprenderse con cada detalle. Desmembraba los espacios en partes tan simples que sólo él podía poner su atención en eso.
Cuando salíamos de viaje frenaba en cada pueblo, en cada mirador, en cada lugar insignificante a los ojos de cualquiera. Todo era una excusa para detenerse y observar. A veces eran lugares tan vacíos de objetos que yo pensaba: ¿qué mira con tanta atención? Pero siempre encontraba algo. Después de un tiempo me decía, mirá hijito, mirá, y me señalaba la nada misma con un gesto conjunto de cejas, nariz y boca. Yo le preguntaba qué y él me decía ¿qué ves ahí? ¿qué te llama la atención? A veces era la forma de una montaña, el recorrido de un río, una playa, un puente, cualquier cosa era suficiente para ser testigo de algo asombroso. Tenía la inocencia de quien ve todo por primera vez.
Una tarde de invierno de algún año, estábamos de viaje con la casa rodante (se llamaba Anacleta, no se por qué). No tengo registro del lugar, supongo que era el norte argentino porque el paisaje era desértico. Frenamos en el medio de la ruta y se bajó. Yo debía tener unos 15 años. Me bajé detrás del él porque pensé que había pasado algo. Caminó unos pasos y se detuvo. El tiempo corría lento, con pausas suaves. Al fin me preguntó ¿qué ves? No había nada, absolutamente nada que llamara la atención, por más que buscara, nada estaba fuera de lugar, nada tenía otro color, nada era grande, ni chico, nada de nada. No sé pa, le dije, no veo nada, no hay nada. Claro me dijo alargando la a, no hay nada, ¿no te parece extraño? Debería haber algo, árboles, un río, un puente, caminos, algo. Falta todo.
No solo encontraba cosas pequeñas donde yo veía un todo, también encontraba las cosas que faltaban en la nada. Un sicópata del detalle, extremista de la simpleza. Sabio del contemplar, me enseñó que el mundo es siempre lo que uno ve, y que si se observa lo suficiente, el mundo es todo lo que uno puede soñar. A veces lo que deseamos está dos segundos después de dejar de buscar.
Desde hace algún tiempo que converso en mis silencios sobre la muerte de los recuerdos. Fuera de nosotros, somos un conjunto inexacto, impreciso, difuso, de situaciones que viven en la memoria de aquellos que nos vieron existir. Imagino una versión mía compuesta de todos los recuerdos de todas las personas que formaron parte de mi vida a través de los años. Interacciones ínfimas que tal vez generaron en alguien un recuerdo de mi del que no tengo control alguno.
Cuando pienso en la muerte de mi viejo, pienso en la cantidad de recuerdos míos que desaparecieron de este mundo. Sensaciones, emociones generadas por situaciones que sólo él pudo notar, porque solo él tuvo la templanza de observarme en detalles tan simples durante toda mi vida.
Tal vez por eso duela tanto despedir a las personas que amamos. Porque son ellas nuestros principales testigos. La muerte no sólo es el inicio de un extrañar indefinido, también es el final de una forma de nosotros mismos que desaparece con ellos. Es la despedida de una versión nuestra que nadie más tiene, ni tendrá jamás.
Cuando en el mundo no queden más testigos de nuestra existencia, cuando no haya nadie que diga lo que fuimos, ningún recuerdo que nos involucre ¿seguiremos existiendo? ¿somos algo si nadie sabe que somos?
Tal vez el arte sea una de las formas de persistir nuestra existencia, dejar objetos que existen más allá de nuestros recuerdos en los demás. Pruebas reales, físicas, de que pasamos por este mundo. El arte de mi viejo era el contemplar. Fue un maestro que hizo todo lo que pudo para que yo aprendiera a ver donde no hay nada, a buscar lo correcto en un mundo de imperfecciones constantes, a encontrar patrones donde todo parece lo mismo. Estoy lejos, lejísimos, de llegar al conocimiento suficiente para controlar la voluntad y la paciencia que requiere mirar por horas algo que no existe y encontrar belleza en el proceso.
En un mundo de inmediatas complacencias, de límites difusos y tentaciones sin sentido, en una época de anagramas forzados de conceptos importantes, mi viejo era un faro silencioso, una luz cálida que marcaba el regreso a lo simple, a mirar cuando se escucha, a las palabras que dicen lo que nombran. Mi viejo amaba pocas cosas, pero las amaba bien.