Conversaciones con Papá sobre la muerte. Gracias Maestro, buen viaje

Un guerrero no tiene tiempo para lamentarse; su vida es un instante, demasiado breve para desperdiciarlo.
-– Carlos Castaneda, Una realidad aparte

Hace apenas 5 días, el 24 de diciembre de 2024 a las 11 de la noche de Argentina, mi padre, el más grande y amoroso de los maestros que me dio la vida, decidió que sus enseñanzas habían sido suficientes y en un acto poético notable, se despidió del mundo de los vivos.

Fue un gran hombre, guerrero impecable de un coraje extraordinario. Sabio del silencio, enemigo irreconciliable del lujo y la hipocresía. Honesto, noble, inquebrantable. Amigo de la soledad y con la infinita paciencia de los que ven más cosas de las que existen.

Hacía tiempo que la muerte era un tema de conversación. Pasó por varias internaciones que lo tuvieron en la esquina de la vida, y en las que tuve la suerte de estar presente, pudimos filosofar bastante al respecto. Ambos habíamos leído a Castaneda, él por insistencia mía, yo por una necesidad de buscar fundamentos a una tristeza que no tenía razones.

En Las enseñanzas de Don Juan, el primero de los tantos libros del fabuloso Castaneda, Don Juan explica que los enemigos del hombre de conocimiento son el miedo, la claridad, el poder y la vejez. El miedo nunca fue un problema porque no había nada en este mundo que lo hiciera pestañear. La claridad le vino con el tiempo y la lectura pero como era un hombre de pocas palabras, pocos notamos el brutal cambio en su estado del saber. El poder lo pasó por alto, nunca le interesó en lo más mínimo. Pero el último de los enemigos lo tenía a la patadas.

El primer gran susto fue durante uno de mis viajes a México, a principios de Mayo del 2023. Desperté con un mensaje de mi hermano: papá tuvo un ACV, lo estamos llevando al hospital. Con las horas supimos que no había sido un ACV sino una infección generalizada que si no encontraban solución a tiempo, sería su última. Esa misma tarde empecé a meditar con toda la energía de la que pude disponer. Nos encontramos en una cabaña en medio de la montaña. Estaba todo nevado y hacía un frío bestial. La cabaña, de madera rústica y simple, no tenía calefacción alguna y él andaba como si fuera verano. Sonreía y me mostraba la nieve por la ventana, como si fuese la primera vez que la veía, con la inocencia de quien descubre belleza donde antes hubo nada. Yo quería hablarle de su estado de salud, de su vida en otro plano, pero él me mostraba cosas y me decía que había encontrado la paz, que no había problemas, que todo era perfecto. Lo sentí feliz, pero mi egoísmo me ganó antes de empezar y le pedí que recordara la vida, a mi vieja, a mi hermano, le conté anécdotas de cuando yo era más chico. Me dijo que me entendía pero que lo entendiera también a él. Yo lo entendí pero le rogué que me escuchara, que volviera, que todavía había cosas que tenía que vivir. Me preguntó cuáles y la verdad es que no tenía idea. Le dije que si me daba un poco de tiempo, lo resolvíamos juntos. No le gustó mucho la idea pero me quedé con la sensación de que al menos lo había intentado.

Al día siguiente cuando volví a meditar lo vi bajando de la misma montaña, ya no había cabaña y la nieve estaba dejando paso a los primeros manchones de tierra que anuncian la llegada del mundo. Al otro día empezó a mejorar. Los médicos dieron en la tecla y todo cambió.

Mi padre fue un hombre de montaña, de silencios largos, soledades intensas, batallas imposibles que nadie jamás sabrá que peleó. No sé si las ganó, pero no tengo dudas que luchó con un coraje de los que ya no existen.

A los 3 días estaba consciente. No entendía absolutamente nada pero de a poco fue mejorando y al final de la segunda semana, salió del hospital. Los médicos no pudieron explicarnos cómo sobrevivió a una meningitis brutal, una neumonía feroz y una infección generalizada que duró casi una semana. No había probabilidad alguna a su favor. Nos dijeron que los dolores de cabeza previos al colapso debieron ser tan terribles que le provocaron un desmayo, convulsiones y la pérdida temporal del habla. El tipo no pidió ayuda, no dijo que le dolía nada, no se quejó nunca.

Cuando volví de viaje lo encontré débil, con el cuerpo gastado de tanto sobrevivir. Se le iluminaron los ojos al verme. Siempre lo hacía, era su forma de mostrar el amor que me tenía. Yo nunca me sentí suficiente al lado de tamaño ejemplo de hombre. A veces pensaba que si al menos pudiera ser una parte mínima de lo que él era, estaba bien. El me admiraba por cosas tan simples que me daba vergüenza. Vivió tanto a través de mis ojos que yo hacía lo imposible por tener una vida digna para no faltarle el respeto. Me repetí tantas veces a mi mismo que ser un buen tipo era suficiente y que todo lo demás no importa que tal vez haya logrado algo honesto al menos en el intento.

Cuando estuvo mejor le pregunté por qué carajos había hecho semejante pavada de coquetear con la muerte cuando yo estaba lejos. Yo sabía la respuesta: un hombre de ese tamaño muere solo, a su forma. Siempre me contó la historia de los vascos que decidían morir y subían solos a la montaña para no joderle la vida a nadie. Yo sabía perfectamente que el día que decidiera hacerlo nuevamente, estaríamos tan lejos como fuera posible y tan cerca como siempre estuvimos. Vos no te preocupes me decía, como si eso fuera posible.

La segunda internación fue a principios de Agosto del 2024 y pude estar con él. Yo sentía que no había peligro y lo acompañé con amor y dulzura. Escuché con atención las fabulosas historias que los sedantes le hacían vivir como ciertas. Hablamos de la muerte como algo hermoso, como la entrada a un mundo de sensaciones extraordinarias. Le conté sobre los monjes tibetanos que deciden su muerte cuando ya no tiene más nada que darle a este mundo. Le expliqué que para ellos la muerte es un cambio de estado, una posibilidad única de tomar consciencia de la verdadera razón de la vida. Cuando le pregunté si le tenía miedo a la muerte me dijo que no, que estaba en paz con todo. Le pregunté si tenía pendientes y me dijo que verlo bien a mi hermano era algo que lo tenía medio dudando. Le dije que esos caminos eran paralelos, que había veces que lo único por hacer era darle el lugar al otro para que avance lo que pueda. Me dijo que lo entendía pero que un hombre también sabe cuando hace cosas por amor y no por sentido.

A los pocos días salió del hospital y vinieron tiempos difíciles. Estaba muy desequilibrado emocionalmente y hubo que esperar algunas semanas para que volviera a ser el mismo. Poco a poco encontró su camino y fue mejorando notablemente. Los dos sabíamos que no faltaba mucho para despedirnos por última vez. Hablamos otro poco de la muerte, me preguntaba por mis meditaciones, por las energías, por mis charlas con mi amigo Cruz, el artista chamán de los valles Calchaquíes.

En Noviembre de ese año murió un gran amigo mío. Me costó bastante procesar su partida, había sido un pilar fundamental en un proceso largo y doloroso que hice años atrás en donde su amable consejo y su escucha permanente me hicieron los días mucho más dulces. Pudimos despedirnos un par de semanas antes de su partida, hablamos mucho de la vida pero ambos sabíamos que la suya estaba por terminar. Le recomendé algunos libros que pensé que podían ayudarlo en lo próximo que tenía por delante. También había leído a Castaneda tiempo atrás y siempre le resultó maravilloso el concepto de vivir con la muerte al alcance de la mano.

Cuando se lo conté a mi viejo se emocionó porque yo había tenido el coraje de ir a despedirlo. Volvimos a poner la muerte sobre la mesa y me preguntó si mi amigo también sabía que nos estábamos despidiendo. Le dije que un hombre sabio siempre se despide por las dudas porque tiene presente que todas las veces pueden ser la última. Le pregunté si estaba listo para morir y me dijo que sí con una confianza que me heló la sangre.

Nos vimos por última vez el Miércoles 11 de Diciembre. Yo me iba de viaje dos días después y cuando nos despedimos lo abracé diferente. Le hice el mismo chiste de siempre: no te mueras cuando estoy lejos. Se rió con esa picardía inocente de los nenes y me dijo que no me preocupara, que viviera la vida y disfrutara. Con el diario del lunes todos somos profetas y tal vez fue más el miedo racional de perderlo que la percepción de que algo había empezado a cambiar. Durante los primeros 10 días del viaje, estuve distante, cada mensaje que enviaba a mi vieja venía con un miedo punzante de recibir noticias terribles. El 24 hablamos a la tarde por teléfono, apenas unas palabras, lo sentí animado, feliz. A la 3 de la mañana me despertó un sueño que no recuerdo y me costó volver a dormirme. A las 4 vi varias llamadas perdidas de mi hermano y todo empezó a tomar forma. Cuando me desperté a las 7 no quise pensar en nada y bajé a desayunar en el hotel de Venezia donde nos hospedábamos hasta ese día. A la media hora volvió a sonar el teléfono y mi hermano me contó lo que para ese entonces ya sabía, pero no quería aceptar.

Ese día teníamos tren de Venecia a Roma. Mi viejo amaba los trenes. Pensé en escribir pero no pude. Intenté meditar y lo primero que sentí me asustó tanto que decidí estar simplemente triste y esperar que la misma tristeza me llevara al lugar correcto. Esa tarde en Roma volví a meditar y entendí que mi energía no era suficiente para acompañarlo. Al día siguiente me sentí pésimo y decidí pedir ayuda a dos personas que considero que tienen un desarrollo espiritual mucho más elevado que el mío. Esa misma tarde cuando volví a meditar, la sensación fue muy distinta y desde entonces no volví a sentirme mal ni a percibir cosas que me dieran miedo.

Ahora estamos en Roma y me gusta pensar que la tristeza es un paso necesario en el proceso de aceptar que la muerte nace con nosotros y nos sigue de cerca la vida entera. Ayer caminé al lado del río Tíber recordando sus palabras, su voz. Cuando estaba por cruzar unos de los puentes sentí una euforia que no puedo explicar. Hacía cuadras que no podía dejar de llorar y esa nueva sensación me dejó en un estado de alerta, entre miedo a lo desconocido y una certeza de que no tenía razón alguna para tener miedo. Decidí cruzar el puente con todos los sentidos listos para percibir lo que fuera. El sol hacía que el frío del invierno fuera un detalle sin importancia. Cuando terminé de cruzar el puente estaba agitado, temblando de algo. Permanecí algunos segundos con la vista suave sobre el correr del agua. Un hombre remaba tranquilo en medio de la inmensidad. Estaba solo. Antes de pasar por debajo del puente, levantó la vista y cruzamos un gesto que seguramente no existió. Mi viejo amaba remar. Nunca había visto a nadie remar en ese río, ni lo volví a ver.

Tal vez la muerte sea un poco de todo. La posibilidad de hacer lo que en vida amamos y no siempre pudimos. Una chancecita que nos da el universo para divertirnos sin la seriedad de la vida, antes de volver a empezar el ciclo que nos devolverá a la maravillosa experiencia humana de amar y ser amados.

Benedetti escribió: “Nadie nos advirtió que extrañar es el costo de los buenos momentos.

Gracias por estos 43 años de amor y enseñanzas.

Buen viaje, Maestro.