Cuando nada te hace reír

¿Cuál es el límite para dejar de hacer todo lo que uno hace y empezar a pensar en un propósito que signifique algo? ¿Cuántas cosas hacemos diariamente que no están enfocadas en nada particular? ¿Cuáles son las razones para no hacer lo que uno quiere y seguir haciendo lo que siempre hicimos porque es medianamente funcional a nuestra vida?

Hace unos cuantos meses, buscando qué leer en una librería de Ciudad de México, me crucé con un libro de Wayne W. Dyer que se llama Tus zonas mágicas. Ya había leído Tus zonas erróneas del mismo autor por recomendación de un gran amigo y me resultó interesante. Tardé bastante en encontrar el momento de empezarlo y cuando lo hice, lo primero que llamo mi atención fue una teoría sobre las 3 formas de crecer. Dyer lo pone en otros términos (iluminación), pero me tomo la libertad de buscar la cercanía con mi propia historia.

La primera forma es a través del sufrimiento. Dice que las personas que atraviesan situaciones muy dolorosas tal vez inicialmente no ven la causa de estar viviendo eso pero al cabo de un tiempo, tienen la oportunidad de mirar hacia atrás y encontrar la sabiduría necesaria para entender el por qué y poder avanzar en el camino del conocimiento.

La segunda forma, más elevada que la primera, se trata de crecer a través de los resultados. En estas situaciones, nos nos preguntamos por qué nos está pasando algo sino que entendemos que si nos está pasando, es porque hay que aprender de ese algo y lo dejamos transcurrir de forma consciente para evolucionar.

La tercera y la más elevada es el crecimiento a través del propósito. Wayne dice que las personas que persiguen una tarea y enfocan su energía en eso y solamente en eso, evolucionan mejor y más rápidamente que aquellas que pasan su energía de una cosa a la otra sin tener en claro por qué hacen cada una.

A partir de haber leído esto dije ¿cuál es mi propósito en la vida? ¿Tengo uno? ¿Necesito uno? ¿Quiero uno? ¿Por qué hago las cosas que hago? Por supuesto que todavía no encontré respuestas a ninguna de las preguntas, pero el ejercicio de haberlas hecho puso de manifiesto que muchas de las actividades que hacía (y sigo haciendo) no tienen ningún propósito determinado sino que simplemente las hago porque o no tengo algo mejor que hacer, o porque siempre las hice.

Volviendo a la primera pregunta sobre cuál es el límite para dejar de hacer lo que uno está haciendo y perseguir un propósito, me cito a mí mismo cuando me preguntaban qué es la felicidad: la felicidad es despertarse a la mañana y sentir lo que uno quiere sentir. Claro que ese sentir puede ir avanzando con el tiempo pero las veces que he tomando desiciones drásticas en mi vida, fue porque hacía consciente el hecho de no estar en equilibrio con las actividades diarias y no tener un propósito claro volvía mis días algo grises y sin forma. El límite (en mi caso) para dejar de hacer lo que uno hace y perseguir un propósito que tenga sentido es cuando nos hacemos conscientes de que nada nos hace reír.