Las nuevas enseñanzas de Cruz

Hace unos meses sentí la necesidad de volver al maravilloso pueblo de Amaicha del Valle, allá por la provincia de Tucumán, Argentina. Perdido entre Valles Calchaquíes y con la quietud de los lugares donde nunca pasa demasiado, se esconde este pueblo que para mí significa mucho más que el silencio que lo rodea y las pocas calles que le dan forma.

No tenía que pasar exactamente por ahí, pero desvié la ruta para visitar a la señora Marta y si tenía suerte, quizá coincidía con Cruz. No la tuve. Seguí de largo y a la vuelta, ya de regreso, las cosas tomaron forma y quedé con Carmen para cenar con ella y con Cruz, en su propia casa. No saqué fotos por respeto, pero si el Museo de la Pachamama es conmovedor, ver el interior de la casa del que lo hizo, es otro nivel. Repleta de obras de arte de Cruz y también construida por él, la casa es una extensión del museo, de su propia obra y de él mismo.

Hacía tiempo que venía coqueteando con la idea de volver a cruzarme con Cruz, como si tuviera que mostrarle algo. Cuando lo conocí, yo andaba muy triste por uno de esos amores que no tienen mucho sentido pero que atravesarlos duele bastante y enseñan más que su propio peso específico si se presta atención a los detalles. Ahora que estaba bien y con la sensación de haber entendido lo que tenía que entender, sentía una extraña necesidad de mostrarle mis avances en un camino que por algún motivo, yo sabía que él sabía que yo andaba caminando.

Llegué al pueblo antes del atardecer y aproveché el tiempo para acomodar un poco el equipaje y prepararme emocionalmente para una noche que sabía que no iba a ser igual a ninguna otra. Ya venía de la noche anterior donde había cerrado una historia bastante particular, pero eso queda para otra historia.

Disfruté el atardecer sentado en un banco en la entrada del hotel donde me hospedaba, a cuadras de la casa de Cruz, en la cima de un cerro en las afueras del pueblo. Cuando el Sol le dio paso a la noche, aproveché el silencio de los últimos minutos de la tarde para cerrar cuentas pendientes conmigo mismo y empecé a caminar hacia la casa de Cruz.

Me esperaban con un asado en la chimenea del living. Llevé unas botellas de vino para celebrar el encuentro y me dispuse a escuchar porque uno sabe cuando tiene cosas para decir y yo sabía que no tenía ninguna.

Estas mejor, me dijo como para empezar a delinear el sentido de lo que sería una noche llena de historias. Algunas ya las había escuchado, pero siempre aparecen detalles que terminan de dar forma a las ideas que después serán las respuestas a muchas otras cosas. Le dije que sí: estaba mejor. Me sentía mejor, me sabía mejor. Fue un periodo de transición , me dijo Cruz como si yo tuviera que saber de lo que hablaba. Yo creo que sabía pero por las dudas pregunté.

No fue muy claro, pero fue suficiente. Estabas cambiando, me dijo. Estabas aprendiendo a distinguir, a ver las cosas como son, sin esperar. Confieso que me sentí bastante orgulloso pero en el fondo sabía que no era un ejercicio simple y que tampoco me resultaba tan fácil. Lo estoy intentando, le dije. De eso se trata, respondió mientras terminaba la copa de vino que dio inicio a otra historia de su vida donde yo sentía que formaba parte de algo que no terminaba de entender, como todo lo demás, tal vez.

Hablamos de cosas simples, de la vida y sus consecuencias, del amor, de las cosas que importan y de todo lo que no tiene ningún sentido. Habló de su infancia, de la montaña y de los vínculos de familia y de la familia de los vínculos. Hablé de algunos viajes largos que había hecho en moto, cruzando la cordillera de los Andes, entre vientos, hielos y un silencio aterrador que no te deja ni pensar.

Ese es tu próximo desafío, me dijo. Todo eso estuvo muy bien, los kilómetros y todo ese silencio te mostró planos que no sabías que existían. Ahora te falta contemplar. El asunto no es caminar, sino ver por donde uno camina. Mirar. entender y aceptar los pasos que marcan las historias que vivimos. Yo que pensaba que sabía lo que era contemplar, le dije que me gustaba el silencio de los lugares sin gente y que elegía la montaña porque me permitía ver sin ver.

Me dijo que a mi lo que me gustaba era llegar a los lugares donde había algo que contemplar, pero que todavía me costaba el acto de la contemplación. Ese es otro silencio, me dijo. Es otra historia. Pero vas bien, no se puede todo junto. Hiciste lo que tenías que hacer y ahora estás donde tenés que estar para hacer lo que estás haciendo.

No sé si entendí del todo, pero en ese momento pensé: bueno, después lo analizo. “Y la vida siguió, como siguen las coas que no tienen mucho sentido.” Y terminamos de comer y entre vino y risas la noche se hizo otras cosas y cuando Cruz se puso de pie yo supe que era momento de pasar al último paso de lo que había ido a buscar.

Lo acompaño, me dijo. Me despedí de Carmen y cuando salimos me agradeció por haber ido a visitar y agradeció el tiempo y las risas y el vino y me dijo buen viaje con una sonrisa que entendí un par de días después. Uno frente al otro, en la noche de un silencio de montaña me dijo que tratara de no pensar en nada. Puso ambas manos sobre mi cabeza y cerró los ojos. Yo lo hice también aunque no sabía bien por qué. Luego de unos segundos, me dijo: que tengas MUY buen viaje y me pegó un empujón hacia la calle.

Caminé hasta el hotel con la sonrisa de las misiones cumplidas y feliz de haber sentido que las cosas que suceden son siempre las correctas. Sabía que lo que sea que hubiera sucedido esa noche, era lo que necesitaba para vivir los meses que venían por delante. Y supe, como se saben las cosas que le dan sentido a la vida, que la energía que había recibido esa noche, era la que había ido a buscar.