Culiacanazo: una triste historia de narcos que nunca termina

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

Miguel Hernández


17 de octubre de 2019, todo está en paz. Es un día hermoso en la ciudad de Culiacán. Andrea es directora en un periódico importante de la ciudad. En realidad es mucho más, pero eso va en otra historia. Vamos a comer, me dice. Unos tacos y seguimos. Al Cabanna, le digo sin dudarlo. Pues claro. Y nos fuimos.

Yo estaba, como tantas otras veces, trabajando unos días en Culiacán. Venía de un par de reuniones en otro periódico más al norte, hospedado en un hotel del centro de la ciudad y sin muchas más preocupaciones que pedir la comida sin picante, la cerveza bien fría y disfrutar unos días de trabajar con gente que a través de los años, he llegado a considerar amigos.

Y en eso estábamos… que un taco de camarones, que dos o tres de marlin, una limonada, unos camarones “Rocca” para ir entrando en ritmo y meta charla porque Andrea es poeta y cuando un poeta habla, los demás escuchan y aprenden. Risas, algunos comentarios sobre el proyecto en el que andábamos ocupados y una ráfaga de ametralladora deja en silencio a todo el lugar.

Nadie se movió. Una segunda ráfaga más cerca hizo que dos clientes se levanten y pongan cara de esto no suena bien. Una tercera ráfaga demasiado cerca y ruidos de vidrios estallando terminan de confirmar que lo que estaba pasando no era divertido y no estaba lejos. Andrea me mira sin saber muy bien qué decir. Nadie te alista para que lo que sigue.

Andrea sabe de muchas cosas, pero si de algo sabe demasiado, es de los cuidados que hay que tener cuando vives en Culiacán. Sabe que alguna vez se tuvo que ir porque más vale prevenir que lamentar. Sabe que no se puede confiar ni en la gente en la que se puede confiar. Sabe que todos tienen un precio, que hay armas que no entienden de blindajes y que cuando hay que correr, se corre rápido y sin mirar.

Vamos me dice cuando de fondo se escucha el estallido completo de la ventana que daba al Bulevar Francisco Ochoa, justo frente a un shopping enorme que luego tomaría bastante protagonismo en esta historia. No lo pensé demasiado y salí concentrado en caminar para no llamar la atención, mientras corría casi al borde del pánico.

Andrea había estacionado en la parte trasera del restaurante, done unos treinta vehículos esperaban en silencio ser acribillados a balazos al sol del medio día de una ciudad que ya no estaba en paz. Subimos a la camioneta lo más rápido que pudimos y mientras ella intentaba encender el motor, una moto con dos hombres se detiene delante nuestro y nos muestra un arma. Andrea me dice que ponga las manos donde pudieran verlas y antes de terminar el movimiento un camión del ejército aparece por la derecha y empieza a dispar sin más aviso que el primer disparo.

Bájate, me dice y yo me bajo. Sonaban disparos en todos lados, gritos, golpes, vidrios y lo que supongo que eran balazos contra la chapa de los autos estacionados. Nos escondimos más de media hora en un lugar donde guardaban las cosas de la limpieza los empleados del shopping. Cada tanto, algún balazo pegaba en las paredes externas del lugar y todos nos mirábamos como diciendo, menos mal que son de ladrillo. Los tiros se oían cada vez más lejanos y de repente, un silencio quieto y denso nos sumergió a todos en nuestros propios pensamientos. Vamos me dice Andrea, mientras escribía en su celular con manos que ya no temblaban tanto.

Salimos y la calle era una zona de guerra de esas que se ven en las películas que no terminan bien. Andrea estaba en contacto con varias personas que le iban informando de los acontecimientos, porque en Culiacán, si trabajás en medios, se aprende rápido que los amigos son iguales a los enemigos, sólo los distingue el tiempo. Es un narco-bloqueo, me dijo, lo cazaron al hijo del Chapo, van a matar a todos.

No entendí nada, pero no era el momento de ponerse curioso. Caminé tratando de ser invisible detrás de ella y anduvimos varios minutos y varias cuadras, ella contando lo que veía a la redacción del periódico y tratando de comunicarse con una de las hijas para saber si estaba bien. Yo tratando de asimilar la cantidad de gente muerta que debía haber a esa altura, los ríos de sangre en las veredas y la cantidad de autos y buses abandonados en medio de las avenidas, como si un virus hubiese matado a todo lo que se mueve.

Gente escondida en negocios, restaurantes, debajo de los autos, tirados en el piso sin moverse. Subimos a uno de los buses para filmar el estado en el que había quedado luego de que varias ráfagas de ametrallador calibre 50 le cambiaran un poco la forma. Pisé todos los vidrios del mundo y pensé todas las cosas que todavía no hubiese querido pensar. Bajamos en silencio, como todo lo que nos rodeaba.

Una nueva oleada de balazos nos despertó sin respeto. Se venían de nuevo. Dos carros blindados del ejército disparando sin parar hacia atrás mientras volaban en contramano por el medio de la avenida. Un carro igual o más de blindado, pero de narcos, disparando lo mismo contra el ejército y otra carro más detrás disparando hacia los costados por si algo había quedado vivo. No sé cuánto corrí, pero no fue poco.

Nos subimos a la camioneta y como pudimos llegamos al estacionamiento del shopping. Esquivamos muchas cosas que no debían estar donde estaban y rompimos una barrera que era lo único que estaba en su lugar. Subimos hasta la terraza del estacionamiento justo para ver los primeros misiles volando sobre la ciudad y las primeras columnas de hubo avisando que el Culiacanazo, recién empezaba.

Y así andábamos Andrea y yo, ella muy informante, yo todo asustado tratando de entender qué estaba pasando. Como si fuera un comentario sobre el clima, me dice: hay rumores de que acaban de aprobar el ataque a los aviones comerciales. Para terminar me dice: parece que hay 5 mil narcos esperando órdenes en las afueras de Culiacán.

Un narco-bloqueo consiste en un técnica utilizada por los narcos para tomar control de una ciudad en muy pocos minutos. Atacan sistemáticamente muchos puntos de la ciudad al mismo tiempo y con excesiva fuerza para que la policía y el ejército no puedan movilizarse un lado a otro y tengan que necesariamente separar a sus tropas convirtiéndolos en blancos más atacables.

Después de ver comenzar varias columnas de humo se me ocurrió que estar en la terraza de un estacionamiento equivalente a 5 pisos de un edificio, mientras una horda de narcos atacaban con misiles una ciudad, no era puntualmente una idea brillante. Se lo comenté con algo de timidez a Andrea. Vamos, me dijo. Y nos fuimos.

Anduvimos en silencio hasta las oficinas del periódico, que es un bunker de concreto construido especialmente para resistir ataques como el que estábamos viviendo. Al llegar, le avisamos al guardia de seguridad que nos abra la reja que había cerrando cuando inició la guerra. Frente al edificio, había una camioneta con los vidrios polarizados que ambos pensamos que estaban para custodiar la redacción. Ninguno se quedó para averiguarlo.

Estacionamos la camioneta, el guardia cerró la reja y Andrea me dijo, bajo yo primer, si cuando llego al pasillo no me disparan, bajá vos. Así lo hicimos. No le dispararon ni a ella ni a mi y subimos a la redacción que a esa altura era un caos como pocas veces vi en mi vida. Gente corriendo de un lado para el otro, todo el mundo a los gritos, hablando por teléfono, volaban papeles por todos lados en lo que fue una de las coberturas periodísticas más profesionales y coordinadas que vi en mi vida. Relataron los hechos con una veracidad y un objetivismo digno de los manuales de periodismo digital de todos los tiempos.

Cuando la adrenalina bajó y se dejaron de escuchar los helicópteros sobrevolando la ciudad, Andrea pidió un escolta y me llevaron al hotel donde me aconsejaron fuertemente que pidiera comida al cuarto y me quedara quieto sin hacer ni ruido. Me habían robado unos dólares de la caja fuerte que nunca reclamé y dormí entre bombazos, ráfagas de ametralladora y helicópteros que se encargaron se mantenerme ocupado hasta la mañana siguiente.

Ese mismo día me tomaba un avión desde el aeropuerto de Culiacán a Ciudad de México, donde seguía la ronda de reuniones en otros medios del país. Mi vuelo salía a las 7 de la tarde hora local. A las 4 ya estaba listo y Andrea me llevó en su camioneta para estar seguros, me dijo. Pocos minutos antes de subir al avión, dos personas vestidas de civil se me acercaron y me pidieron el pasaporte. Me hicieron algunas preguntas sin demasiado sentido y me saludaron con suficiente formalidad. Ya estando en la fila para abordar, un hombre, 3 personas delante mío se sale de la fila y camina hacia atrás. Buen vuelo Don Sebastián me dijo con la sonrisa más siniestra que había visto hasta entonces.

No fue un lindo vuelo y todavía recuerdo el sonido del miedo dentro mío, el sabor oscuro de la tristeza por haber sido testigo de la muerte en su expresión menos suave. Tristes guerras escribió Miguel Hernández y tristes las palabras que relatan las historias donde el amor no llega donde debe. Tristes las vidas de los hombres que en la violencia encuentran un lugar donde permanecer adictos de respeto. Triste que no logremos como sociedad, los canales que permiten decirnos cosas sin matar. Triste lo más triste de una vida que se acaba porque algunos no comprenden el sentido de vivir.